“El testigo abordó su automóvil y empezó a conducirlo hasta la Ciudad de México. En su mente se agolpaban un sin número de reflexiones. Comprendía muy bien que el futuro inmediato del país no iba a ser nada fácil. Los graves errores que se venían cometiendo desde hace mucho tiempo atrás había ido acumulando sus consecuencias y estas tendrían que empezarse a pagar muy pronto. La Devastación de los recursos naturales llevada a cabo por una población inconsciente acarraría desgracias sin cuento. Males mayores también sobrevendrían por la incompetencia y deshonestidad que caracterizan al sistema de gobierno. No obstante el Testigo sabía ahora que la supervivencia de México estaba plenamente garantizada. El Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, sus dos más antiguos, valerosos y sabios habitantes habían despertado y de seguro encontrarían la forma de lograr que la nación recuperase su perdida vocación de grandeza. Era sólo cuestión de tiempo. El testigo no podía determinar de cuanto tiempo, pues es evidente que la dimensión del mismo resulta muy diferente según se trate de una montaña o de una persona. Estimaba, sin embargo, que las nuevas generaciones irán adquiriendo progresivamente una nueva conciencia y que antes que hubiese transcurrido un siglo el país estaría poblado por seres que sabrían retomar el camino seguido por quienes habían edificado las prodigiosas civilizaciones de las antiguas y olvidadas Edades de Oro. La luz surgida de la noche de Tlatelolco alumbraría el camino de México a lo largo de milenios. “
Antonio Velasco Piña
Fragmento del libro Regina

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